Alianzas

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Manifestación a favor de las revueltas en Libia celebrada en Washington (Collin David Anderson / Flickr)

La sanguinaria represión de las manifestaciones en Libia desde el 17 de febrero hace palidecer la del resto de gobiernos de la región. Los médicos hablan de más de 500 muertos y miles de heridos, pero cuesta seguir las cifras. Es la respuesta a las protestas ciudadanas que reclaman el fin de una dictadura de 42 años. Muammar Gaddafi, el Presidente que gobierna el país desde hace más de cuatro décadas, ha tenido tiempo de ver cómo caían sus vecinos y preparar su propia guerra contra cualquier forma de oposición a sus políticas.

Entre las medidas que ha tomado el régimen para sofocar las revueltas está la contratación de mercenarios de países del África subsahariana, a los que paga para cargar contra los manifestantes. Estos comandos disparan indiscriminadamente contra civiles, según testigos de las protestas.

Las revueltas no son nuevas en Libia, que ya en 2006 vivió un levantamiento en Benghazi, la segunda ciudad más grande del país, donde hoy se manifiestan de nuevo contra el régimen. Las autoridades declararon entonces el toque de queda y enviaron al ejército a reprimir las protestas, que terminaron con decenas de muertos y cientos de detenidos y torturados en las cárceles libias. Casi cinco años después, los hospitales de Benghazi no dan abasto para atender a todos los heridos. Según los médicos de estos hospitales, se acaban también los suministros necesarios.

El Índice de Libertad de Prensa coloca a Libia en el número 160 de una lista de 178 países, organizaciones como Human Rights Watch denuncian la inexistencia de una prensa libre, la censura de organizaciones independientes, la detención y tortura de prisioneros políticos. Sólo en 1996 fueron asesinados en las cárceles libias 1200 presos de conciencia.

Si en Túnez Ben Ali vio cómo sus aliados occidentales le daban la espalda y en Egipto Mubarak recibió también presiones para “escuchar las demandas de su pueblo”, en el caso de Gadafi las reacciones han sido mucho más tibias. ¿Por qué no se reclama una transición democrática también al Presidente libio?

Libia es el tercer mayor exportador de petróleo a Europa, con un 10 por ciento del total. Ejerce también un papel de contención de la inmigración africana hacia Europa (hace unos meses Periodismo Humano lo analizó en el artículo “50 millones para evitar la Europa negra”). Esto le ha ganado el favor de los representantes europeos, algo impensable hace unas décadas. Aunque no todos muestran su buena relación con tanta efusividad como el Presidente italiano Silvio Berlusconi, que decía ayer “no querer molestar al Presidente libio”.

Pero no sólo los países occidentales no están a la altura. El jeque Sadiq Ghariani se preguntaba hoy en Al Jazeera:

Lo que está pasando el Libia es una catástrofe. ¿Dónde está la Liga Árabe, el Consejo de Seguridad de la ONU, la Conferencia Islámica?

El silencio de las instituciones protege a Gadafi, aunque muchos se desmarcan y muestran su apoyo a las reclamaciones de sus ciudadanos. Como el embajador de la Liga Árabe en Libia, que presentó hoy su dimisión ante “los crímenes masivos contra el pueblo libio”. Lo contaba el periodista de Al-Jazeera Abdurahman Warsame en Twitter:

Libya’s Arab League representative resigns from his post in protest of the killing of Libyan civilians #Libya #Feb17

Con apoyos institucionales o sin ellos, los ciudadanos libios, igual que los del resto de la región, han dicho “Basta”: